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Del azar climático a la seguridad hídrica

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El riego como la solución definitiva para la sostenibilidad en la zona núcleo.

La última campaña dejó en claro que la variabilidad climática ya no es un factor circunstancial en la zona núcleo de Córdoba, sino el principal determinante de los resultados productivos y económicos. Lluvias irregulares, eventos extremos más frecuentes y una demanda atmosférica creciente conforman un escenario donde la incertidumbre se volvió estructural. En este contexto, el riego suplementario deja de ser una herramienta asociada únicamente al aumento de rindes y pasa a ocupar un rol estratégico, permitiendo reducir el riesgo, ordenar la producción y aportar previsibilidad a los márgenes.

En Córdoba; mientras los cultivos de invierno lograron capitalizar una adecuada disponibilidad de agua y alcanzaron rendimientos récord, los cultivos estivales enfrentan su período de definición bajo altas temperaturas, precipitaciones desparejas y balances hídricos ajustados en amplias regiones de la provincia, una situación que se refleja con claridad en los registros pluviométricos de enero de la red meteorológica de la Bolsa de Cereales de Córdoba.

El trigo como símbolo de una campaña partida

La campaña de cultivos de invierno marcó un hito con rindes históricos de trigo, que alcanzaron hasta 65 qq/ha en departamentos como Marcos Juárez y Unión, posicionando a Córdoba como líder en productividad nacional gracias a una adecuada condición hídrica y temperaturas favorables. Sin embargo, estos resultados tuvieron un efecto colateral: el alto consumo de agua del trigo dejo el perfil de los suelos más secos, condicionando desde el inicio el desarrollo de la soja y el maíz de segunda.

Maíz y soja: definir bajo presión

Con el avance de la campaña gruesa, el estrés hídrico y térmico pasó a dominar el escenario productivo. En maíz, las diferencias entre fechas de siembra se hicieron evidentes: los planteos tempranos lograron aprovechar la humedad inicial, mientras que los tardíos y de segunda enfrentan condiciones críticas, especialmente en el sur y sudoeste provincial, donde las olas de calor provocaron acartuchamiento foliar y una pérdida directa de eficiencia fotosintética y potencial de rinde.

La soja atraviesa un proceso similar, dependiendo de lluvias irregulares para sostener su período reproductivo. La soja de primera consume las últimas reservas profundas, mientras que la de segunda acusa el efecto secante del trigo antecesor, con crecimientos desparejos y menor área foliar. En este contexto, los índices de vegetación se encuentran por debajo de la media histórica (2003-2024), como la gráfica ejemplo del Departamento General San Martín, y que se repite en gran parte del área productiva central de Córdoba, reflejando el impacto del estrés hídrico y reforzando el rol del riego como herramienta clave para sostener la estabilidad productiva.

Lluvias en parches y un clima sin patrón claro

Iniciamos el 2026  y se confirma el nuevo comportamiento climático: la desaparición de las lluvias generalizadas en favor de tormentas convectivas intensas y sumamente localizadas. Mientras algunas localidades del sur recibieron más de 110 mm, zonas vecinas apenas registraron aportes marginales. Un caso testigo es Manfredi, que acumuló sólo 57 mm frente a un promedio histórico (1931-2025) de 119 mm. Este escenario resulta en un mapa hídrico fragmentado donde la suerte de un lote se define por pocos kilómetros de distancia.

En el cuadro generado por la Bolsa de Cereales de Córdoba, se observa los valores y los departamentos más afectados

El elemento que terminó de condicionar el desarrollo de la campaña fue la temperatura. Durante enero y los primeros días de febrero, Córdoba atravesó una sucesión poco habitual de jornadas con máximas superiores a los 35 °C, generando una presión constante sobre los cultivos. Este escenario térmico elevó la evapotranspiración potencial a niveles muy altos, incrementando de forma sostenida la demanda de agua por parte de la atmósfera y poniendo a prueba la capacidad de absorción del sistema radicular.

Como resultado, incluso en lotes donde aún quedaba algo de humedad disponible, los cultivos manifestaron síntomas de estrés. La combinación de calor persistente y alta demanda evaporativa actuó como un acelerador del déficit hídrico, acortando los márgenes de respuesta de las plantas y amplificando el impacto de la irregularidad de las lluvias sobre el rendimiento potencial.

El estrés de las plantas se mide a través del confort hídrico, un indicador que revela si el cultivo logró absorber del suelo el agua necesaria para crecer. En las zonas más afectadas, este índice fue crítico a principios de enero (apenas entre 0 y 10%). Aunque hubo una leve mejoría hacia fin de mes, la falta de agua estaría comprometiendo el rendimiento potencial de la cosecha.

Figura. Confort Hidrico para las regiones sembradas con cultivos extensivos de Argentina. Periodo 11 al 31 de enero de 2026.

La transición hacia condiciones neutrales no ha traído la estabilidad esperada. Para el trimestre febrero-abril, no hay una señal clara de precipitaciones generalizadas , la tendencia térmica es contundente: temperaturas superiores a la media seguirán dominando el escenario, manteniendo la incertidumbre en la planificación productiva, con lluvias posiblemente marcadas en eventos locales, difíciles de anticipar y de distribución muy irregular.

El riego: de ventaja competitiva a necesidad estratégica

En este nuevo escenario, el riego suplementario ha dejado de ser una herramienta de intensificación para transformarse en un factor estructural de estabilidad. Córdoba es el caso testigo de esta transición: en solo tres décadas, la provincia pasó de apenas unas pocas miles de hectáreas bajo riego a superar las 200.000 hectáreas en la actualidad. Si bien el pívot central acumula mas superficie, el riego por goteo subterráneo gana protagonismo y crece sostenidamente en área, ampliando el abanico de posibilidades para los productores.

Impacto sistémico: Más que rendimientos

El valor del riego excede los límites del lote; para transformarse en un motor de impacto social y económico de alcance regional. Desde la perspectiva del sistema productivo, el riego redefine el rol de los cultivos dentro de la rotación. El maíz pasa a ser el principal motor del esquema al capturar de manera más eficiente la inversión en agua aplicada, mientras que la soja cumple una función clave en la estabilidad y el equilibrio del planteo. En las cuencas lecheras, la disponibilidad de riego se vuelve determinante al asegurar la producción de forrajes estratégicos, aportando previsibilidad a la oferta de materia prima y fortaleciendo el funcionamiento de toda la cadena láctea.

Este enfoque permite sostener y aumentar los niveles de producción sobre la misma superficie, sin recurrir a la expansión del área agrícola. De este modo, el riego no solo impacta en la eficiencia productiva, sino que también contribuye al arraigo territorial y a la sustentabilidad social del interior cordobés, al consolidar sistemas más intensivos, estables y resilientes.

Hacia un nuevo paradigma productivo

La campaña 2025/26 nos deja una lección fundamental: la agricultura cordobesa ya no puede gestionarse basándose en promedios históricos. El sistema actual exige precisión, información climática en tiempo real y decisiones estructurales de largo plazo.

La zona núcleo avanza hacia un modelo donde producir ya no es solo manejar cultivos, sino gestionar procesos hídricos complejos en un entorno cada vez más exigente. En este camino, el riego se consolida como el insumo estratégico definitivo, aquel que definirá la competitividad, la estabilidad y la sustentabilidad de Córdoba para la próxima década.
Te invitamos a asistir a la charla que brindaremos en El Club del Riego, el 11 de marzo, durante Expoagro 2026. Reservá tu lugar con anticipación enviando un mail a info@regantes.com.ar

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