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Pérdidas de hasta 4 toneladas por hectárea en maíces regados con mala distribución del agua

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Una investigación realizada en INTA Manfredi reveló que las diferencias en uniformidad de distribución de agua ocasionaron pérdidas de hasta 4 toneladas por hectárea de maíz, lo que en algunos casos podría representar gran parte de la ganancia neta del productor.

Equipo mal regulado – Exceso de presión

“Lo que no se mide, no se puede controlar; y lo que no se controla, no se puede mejorar”. Esa frase que inmortalizó Peter Drucker se puede aplicar a la agricultura moderna y en especial a la producción de cultivos extensivos bajo riego. Con regar no alcanza, hay que medir para mejorar.

Conocer cómo se distribuye el agua y qué factores afectan su llegada efectiva al suelo y al cultivo es clave para no perder recursos ni productividad. En sistemas como el pivote central, la uniformidad del riego puede marcar la diferencia entre un uso eficiente del agua o una inversión que no rinde.

Ensayos realizados por especialistas del INTA Manfredi, mostraron que la eficiencia del riego depende de un conjunto de variables como las características físicas del sistema, entre las que se destacan boquillas, presión, distancia entre aspersores; el desarrollo del cultivo -su altura y densidad foliar-, y las condiciones del suelo, como textura, cobertura, residuos de cosecha. Todos estos factores inciden en la distribución uniforme del agua, el corazón del riego eficiente.

Medición de la distribución del agua

Cuando la uniformidad de distribución baja, el productor suele compensar aplicando más agua, lo que aumenta los costos energéticos y reduce la eficiencia global. En cambio, medir periódicamente la Uniformidad de Distribución (UD), permite ajustar variables como cambio de boquillas, alturas y velocidades del equipo para que el riego llegue parejo a todo el lote. 

De acuerdo con los resultados de los estudios de INTA llevados a cabo por Federico Aimar, Paulo Marano, Aquiles Salinas, Juan Pablo Giubergia e Ignacio Severina-, las diferencias en uniformidad de distribución de agua llegaron a traducirse en pérdidas de hasta 4 toneladas por hectárea de maíz, una pérdida invisible que puede representar miles de dólares por campaña. 

Para mejorar hay que medir. ¿Y cómo hay que medir?

Para evaluar si el riego se distribuye correctamente, los expertos aplican una metodología estandarizada: el ensayo de uniformidad de aplicación. Consiste en colocar una serie de recipientes o pluviómetros a intervalos regulares a lo largo del radio del pivote. Luego se realiza una pasada de riego, se mide el volumen de agua captado en cada punto y se calcula un coeficiente de uniformidad (CU o UD), con tres rangos de trabajo: si supera el 85 % es alta eficiencia y se traduce en pérdidas mínimas; si el resultado oscila entre el 75 y 85 % es aceptable pero mejorable; y si es menor al 75 %, hay riesgos altos de pérdidas significativas.

Este procedimiento, de bajo costo y fácil implementación, permite detectar en forma objetiva si el sistema está trabajando dentro de los rangos óptimos.

En un artículo especial de Regantes, se trata una serie de pasos para controlar y corregir el funcionamiento del equipo de riego cuando baja la uniformidad de distribución de agua. Acceda aquí al artículo.

Impacto económico: regar bien tiene sus frutos

Desde el punto de vista económico, regar de más o de menos tiene un costo real.
Un exceso implica energía desperdiciada, desgaste prematuro del equipo y lixiviación de nutrientes. Por su parte, un déficit en el agua aplicada, conlleva pérdida de rendimiento y subutilización de la inversión.

En estudios de campo, los desvíos de uniformidad inferiores al 80 % generaron pérdidas de entre 5 % y 15 % de rendimiento, lo que equivale a 150–300 dólares por hectárea en cultivos de alto valor.
El balance hídrico, complementario a la medición de uniformidad, permite conocer con precisión cuándo y cuánto regar, evitando tanto el exceso como el déficit y asegurando el retorno de cada milímetro aplicado.

Ya lo dijo Drucker: medir para mejorar

Medir el riego no es una tarea burocrática, es una inversión que transforma la eficiencia en rentabilidad. Con una metodología simple y una revisión periódica, es posible detectar pérdidas invisibles y corregirlas antes de que impacten en el bolsillo del productor.

En definitiva, regar bien es regar con información. Y en tiempos donde el agua, la energía y los márgenes cuentan, cada dato medido puede significar la diferencia entre un riego costoso y un riego rentable.

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