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El riego como aliado estratégico para diferentes sistemas productivos

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El impacto del riego en los sistemas agropecuarios depende del tipo de cultivo, la escala y el planteo productivo, la estabilidad del precio y el grado de tecnificación. Los cultivos intensivos como hortalizas, frutales o semilleros gozan muchas veces de alta rentabilidad, pero a veces ocurre que son afectados por precios inciertos y mercados volátiles. Por su parte, los extensivos, como soja, maíz o trigo, se benefician de precios de referencia más previsibles, incluso con valores potenciales a futuro, aunque también sufren bruscas caídas como las observadas en Argentina durante las últimas campañas.

En este contexto, el riego se consolida como una herramienta estratégica, no solo para aumentar el rendimiento, sino para dar estabilidad económica a los sistemas productivos. Esta tecnología permite amortiguar los efectos de la sequía y variabilidad de precios, aprovechar mejor los insumos y mejorar la eficiencia general de la producción.

Impacto del riego en cultivos extensivos

En los cultivos extensivos el riego marca una diferencia clara: aún en campañas con precios internacionales bajos, la posibilidad de sostener los rendimientos o evitar pérdidas totales se traduce en una mejora directa de los márgenes.

El siguiente gráfico extraído de un informe del Departamento de Economía del INTA Manfredi, ilustra la eficiencia del milímetro de agua aplicado en distintos cultivos. Se observa cómo el maíz, tanto para silo como para grano, presenta el mayor retorno productivo por unidad de agua, seguido por los cultivos de trigo y soja.

El maíz destinado para silo supera los 45 kg de materia seca por milímetro aplicado, mientras que el maíz para grano ronda los 22 kg/mm, el trigo 11,5 kg/mm y la soja apenas 6,9 kg/mm. Estos datos reflejan que el agua aplicada no produce el mismo retorno en todos los cultivos, por lo tanto la elección estratégica de cuándo y dónde regar es clave para maximizar la rentabilidad del sistema.

Riego en sistemas ganaderos de leche: asegurar la base forrajera y potenciar la eficiencia

En sistemas mixtos o tambos, el riego adquiere un valor adicional y estratégico. La dieta de un tambo moderno se compone en una proporción muy alta de silo de maíz y grano de maíz, ambos cultivos son los que más eficientemente transforman el agua en materia seca y energía alimenticia.

Esto significa que el agua aplicada en un lote de maíz bajo riego se multiplica productivamente dentro del tambo, ya que no solo genera más forraje, sino también más litros de leche por hectárea. Un aumento en la producción y calidad del maíz se traduce en mayor estabilidad en la cadena forrajera, menor dependencia del mercado de granos y una reducción del costo de alimentación. Este último, según un informe publicado en julio de 2025 por el OCLA (Observatorio de la Cadena Láctea Argentina) representa más del 50 % del costo total de producción de leche.

Fuente: OCLA, julio de 2025.

Además, de acuerdo con los expertos, el riego bien manejado permite planificar con precisión las fechas de confección del silo, asegurar una calidad constante y sostener la producción en los meses críticos del año. De esta manera, el riego se convierte en una herramienta económica de eficiencia integral, porque mejora el aprovechamiento de cada milímetro de agua y de cada peso invertido en insumos.

Un mensaje económico y productivo

Más allá del tipo de cultivo o sistema, el riego no solo incrementa el rendimiento, sino que reduce la variabilidad y mejora la relación costo-beneficio. En el caso del tambo, su impacto es triple: en primer término, porque fortalece la base forrajera garantizando alimentación de calidad; además aumenta la eficiencia de conversión, ya que cada litro de agua aplicada se traduce de manera indirecta en más litros de leche; y finalmente, reduce la superficie destinada a la producción de alimento, ya que se logra mayor productividad por hectárea.

Desde la perspectiva económica, el riego no debe evaluarse únicamente por el retorno directo en kilos o litros de una producción casi garantizada. También es fundamental considerar el ahorro en costos variables, al evitar mermas en la producción y la necesidad de comprar insumos adicionales para cubrirla. Esto cobra especial importancia en un contexto donde los sistemas productivos están cada vez más expuestos a la volatilidad climática y de precios. 

En definitiva, invertir en riego implica apostar por la previsibilidad y la sustentabilidad económica a largo plazo.

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