En un contexto donde la variabilidad climática dejó de ser una excepción para transformarse en regla, el riego volvió a instalarse en el centro de la escena productiva. Pero no como tecnología aislada, ni como promesa, sino como decisión estratégica. Esa fue la principal conclusión que dejó el espacio del Club del Riego en Expoagro, impulsado por Expoagro con la organización de la plataforma Regantes: el productor ya no discute si el agua falta o sobra, sino cuánto control está dispuesto a tener sobre su sistema productivo.
La propuesta fue clara desde el inicio, pensar el riego como sistema. Porque el problema ya no es únicamente la sequía, sino la imprevisibilidad. Lluvias sectorizadas, y variabilidad en la reducción de rendimiento detectadas dentro de un mismo lote muestran que el agua pasó a ser el principal factor de incertidumbre.
En ese escenario, la pregunta deja de ser climática para volverse productiva: cuánto queremos del resultado final que siga dependiendo todavía del azar.

El primer cambio es conceptual
Los miembros del panel aclaran: el riego no puede pensarse como una máquina, el riego empieza mucho antes del sistema a usa, inicia en la definición del sistema productivo.
Agua disponible, calidad, escala, objetivos, rotación y capacidad de gestión forman parte de una misma ecuación.
Aun con evidencia irrefutables a favor, la adopción sigue siendo baja. En Argentina, actualmente hay alrededor de 2,1 millones de hectáreas bajo riego, frente a un potencial estimado de más de 6,2 millones de hectáreas. Esa brecha no es tecnológica. Es decisional.
Cuando los números ordenan la decisión
En ese punto, el panel logró dar un giro clave: llevar la discusión al terreno económico. Porque el riego no se adopta por convicción técnica, sino por resultado.
Los datos muestran que el impacto no solo está en el aumento de los rindes, sino en la estabilidad del sistema. Uno de los efectos más relevantes del riego es que reduce la variabilidad productiva en el mediano y largo plazo, permitiendo sostener resultados incluso en campañas adversas.Algo esta cambiando, los números empiezan a dimensionar la magnitud del impacto. Solo entre 2024 y 2026, la incorporación de riego por pivot implicó la instalación de más de 600 equipos, con una inversión superior a 147 millones de dólares, permitiendo irrigar más de 55.000 hectáreas y generando un incremento productivo superior a 150.000 toneladas de granos. A eso se suman más de 8.400 hectáreas incorporadas con riego por goteo, con inversiones adicionales por encima de los 37 millones de dólares.

El peso creciente de las políticas públicas
A medida que el riego empieza a analizarse como decisión económica, las condiciones de contexto también pasan a jugar un rol clave. En los últimos años se avanzó en medidas concretas que mejoran la viabilidad de estos proyectos: amortización acelerada de equipos, reducción de aranceles de importación, eliminación de impuestos que impactaban directamente en los costos y mejores condiciones de financiamiento. Distribuidores de sistemas de riego por goteo enterrado, refieren que los presupuestos actuales se ubican en un rango de 2.800 a 3.300 dólares por hectárea, cuando hasta hace poco se encontraban entre 3.500 y 3.800 dólares por hectárea. La diferencia no es menor: implica una reducción significativa en la inversión inicial, que combinada con mejoras en financiamiento y condiciones fiscales, acorta los plazos de repago y mejora la rentabilidad de los proyectos.
Otro cambio relevante está en la energía. Con la implementación del RIMI, la electricidad utilizada en sistemas de riego pasaría a tributar un IVA del 10,5% en lugar del 27% general. En términos prácticos, esto se traduce en un dato directo para el productor: un ahorro cercano al 11% en el costo de cada milímetro aplicado, impactando de manera inmediata en los costos operativos, esta reducción no es menor. Puede acortar plazos de repago y mejorar sensiblemente la rentabilidad de los proyectos, transformando decisiones que antes eran marginales en decisiones viables.
Pero la ecuación energética ya no puede pensarse solo desde la red eléctrica. En Expoagro y en el panel, la energía solar emergió como un componente estratégico, con una adopción creciente en proyectos de riego y un rol clave en la viabilidad técnica y económica de sistemas ubicados fuera de red.

A medida que el riego se integra al sistema, lo que cambia no es solo el rendimiento, sino la lógica productiva. Se ajustan fechas de siembra, se intensifican planteos, se incorporan materiales de mayor potencial y se redefine el manejo nutricional, pero el cambio más profundo es la relación con el riesgo. El productor deja de depender exclusivamente del clima y pasa a gestionar un sistema con mayor control.
Ese control no elimina la incertidumbre, pero la reduce y la vuelve manejable. Y en un contexto donde la variabilidad climática es estructural, esa diferencia es decisiva.
De las propuestas a la decisión
El cierre del panel dejó una idea que sintetiza todo el recorrido: el riego no es una compra, es un proceso. Y como todo proceso, empieza con un diagnóstico, definiendo objetivos, entendiendo los recursos disponibles, dimensionando correctamente, pasos muchas veces subestimados, pero que terminan definiendo el resultado.
En ese sentido, el mensaje final fue claro: los proyectos que funcionan no son los más grandes, sino los mejor pensados.

Y en un escenario donde la brecha entre lo que se produce y lo que se podría producir sigue siendo significativa, la decisión deja de ser tecnológica para volverse estratégica.
El riego no transforma al campo porque agrega agua. Lo transforma porque devuelve previsibilidad. Y en esa previsibilidad, empieza a definirse el negocio.
En Regantes brindamos asesoramiento técnico para productores que buscan evaluar la viabilidad del riego, ajustar el manejo o planificar una inversión.

