En planteos de producción de granos, la toma de decisiones de riego sobre la marcha suele ser un error común que tiene impactos económicos negativos en la empresa agropecuaria. Como cualquier otra herramienta tecnológica, el riego necesita planificación previa, y esa planificación empieza antes de sembrar.
Un presupuesto de necesidades de riego bien armado permite reducir riesgos, dimensionar costos, anticipar momentos críticos y evitar quedar expuesto a déficits de agua que comprometen el rendimiento. Según especialistas, el riego debe integrarse al esquema productivo y no improvisarse cuando aparecen los primeros síntomas de estrés hídrico.
Cuando el estrés hídrico ya se refleja en el cultivo, es demasiado tarde para actuar y obtener buenos resultados. La planificación antes de iniciar la campaña tiene importantes beneficios que conviene conocer.
La planificación anticipada permite, en primer lugar, ajustar la fecha de siembra según la capacidad hídrica, además permite elegir híbridos o variedades más acordes al ambiente, evaluar si conviene sumar cultivos o modificar la rotación, y por último, la posibilidad de optimizar costos y evitar sobredimensionar el riego.
Abundan los consejos de especialistas que sugieren que “el riego eficiente no empieza cuando se prende el motor, sino cuando se diseña la campaña”. A continuación, repasaremos algunas claves para anticiparse y definir la estrategia de riego más adecuada a cada lote y planteo específico.

El riego se gestiona antes de sembrar
Un sistema de riego no asegura buenos resultados por sí mismo. El impacto real aparece cuando el riego está integrado a un plan hídrico completo, la planificación previa transforma el riego en lo que debe ser: una herramienta para reducir riesgos, estabilizar rendimientos y mejorar la rentabilidad del sistema productivo.
La importancia de conocer cada lote
El primer paso es conocer el aporte de las precipitaciones promedio de cada sitio. El punto de partida para cualquier plan de riego es determinar cuánta agua aporta el ambiente por sí solo.
El análisis debe considerar:
- Las precipitaciones medias históricas, distribuidas por mes.
- La variabilidad interanual (años secos, normales y húmedos).
- La coincidencia de esas lluvias con las etapas de mayor consumo de los cultivos.
- El comportamiento regional: régimen monzónico, eventos convectivos, riesgos de veranillos, etc.
El objetivo no es “adivinar” cómo vendrá el clima, sino establecer una referencia base que permita calcular la demanda adicional que deberá cubrir el riego.

Definir la estrategia de riego
El segundo paso de la programación anual es calcular la capacidad diaria de aplicación del sistema de riego. Saber cuánta agua puede aplicar el equipo de riego en un día, permitirá definir si es capaz de acompañar la demanda real de los cultivos.
En este sentido, los aspectos a revisar son:
- Caudal del sistema (m³/h)
- Superficie real regada (ha)
- Tiempo necesario para completar un giro, en el caso de pivotes; o para completar las operaciones, en el caso del goteo enterrado.
- Lámina diaria máxima que puede entregar (mm/día)
Por ejemplo, si un cultivo como el maíz puede demandar 10–12 mm/día en su periodo crítico, un sistema que solo entrega 6 mm/día no logrará cubrir esa necesidad, por más horas que funcione.
Ese desbalance debe preverse antes y durante la campaña, acumulando agua en el perfil de suelo, y no cuando el cultivo ya está en estrés.
Secuencia de cultivos: cada uno demanda agua en un momento distinto
Una buena planificación hídrica debe definir la secuencia de cultivos en la rotación.
No todos los cultivos consumen agua en el mismo momento, ni con la misma intensidad.
Para eso resulta interesante analizar un caso real que se grafica a continuación, con el ejemplo de INTA Manfredi. Allí se definieron dos rotaciones de cultivos, en uno de los casos (ver gráfico de la izquierda) se observa una superposición de las necesidades de riego (promedio de 20 años) entre la soja de primera y el Maíz de segunda.


La secuencia elegida puede hacer que el sistema de riego colapse en picos de demanda, teniendo que seleccionar cual es el cultivo que se va a regar, o que funcione de manera más equilibrada y eficiente. La rotación debe diseñarse sabiendo cuándo ocurren los picos de evapotranspiración y si el equipo podrá abastecerlos.
Necesidades hídricas de cada cultivo
Armar un presupuesto hídrico implica conocer, para cada cultivo:
- Su requerimiento total de agua (mm/campaña)
- Su curva de consumo (cuándo necesita más)
- El período crítico en el que un déficit afecta el rinde
- Su tolerancia a excesos o déficit temporarios
El productor debe anticipar cuánta agua necesitará el cultivo y cuánta podrá aportar la lluvia, para así determinar la cantidad que deberá aportar con el riego. Esos tres datos permitirán armar un presupuesto hídrico realista y económicamente sustentable.
El paso final es integrar todo en un plan único: el presupuesto de riego de la campaña
Con los cuatro puntos anteriores, se arma el plan hídrico final, que incluye:
✔ Aporte esperado de lluvias
✔ Capacidad diaria y estacional del sistema
✔ Demanda mensual estimada según cultivo y fecha de siembra
✔ Balance entre oferta (lluvia + riego) y demanda (ETc)
✔ Momentos críticos a cubrir sí o sí
✔ Costo total del riego y evaluación económica
Sin este análisis, el riego puede volverse caro y poco eficiente. Con planificación, se convierte en una inversión estratégica que reduce riesgos y mejora la rentabilidad.
En Regantes brindamos asesoramiento técnico para productores que buscan evaluar la viabilidad del riego, ajustar el manejo o planificar una inversión.

