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Riego y calidad de agua: claves para potenciar la productividad en el campo

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En la agricultura moderna, el riego no se trata solamente de aplicar agua en el momento oportuno, sino de comprender la calidad del recurso utilizado y cómo su manejo puede influir de manera decisiva en la productividad y rentabilidad agrícola.

En muchas zonas del país, el acceso al agua de riego es factible, pero su composición química no siempre es ideal. Salinidad, sodicidad, carbonatos o cloruros son términos que, aunque puedan sonar lejanos, tienen impacto directo en la capacidad de los suelos para sostener altos rendimientos. 

La experiencia muestra que el desconocimiento de estas variables puede llevar a una pérdida progresiva de la productividad, mientras que un manejo ajustado abre la puerta a resultados sostenibles en el tiempo.

Agua para producir: no toda es igual

El agua destinada a riego puede variar notablemente en su calidad según la fuente: pozos, canales, represas o incluso reutilización de efluentes tratados. Cada una de estas alternativas tiene una “huella química” que determina en qué medida favorece o limita el desarrollo de los cultivos.

La tabla de referencia que acompaña este análisis, toma en cuenta uno de los principales indicadores de calidad del agua para riego: conductividad eléctrica (CE), que mide la concentración de sales disueltas. Valores altos generan estrés osmótico en las plantas, dificultando la absorción de agua.

Estas variables permiten clasificar el agua en rangos de aptitud para riego, desde “sin restricciones” hasta “uso con limitaciones severas”. Para el productor, conocer en qué punto se encuentra el agua disponible en su campo es el primer paso para diseñar un manejo racional.

El impacto en los cultivos y el suelo

Los efectos de una mala calidad de agua no son inmediatos, pero se acumulan con el tiempo. Utilizar para riego permanente agua de elevada salinidad puede llevar a que las raíces encuentren un entorno cada vez más hostil, reduciendo la absorción de agua y nutrientes. En paralelo, la estructura del suelo se degrada, apareciendo problemas de compactación, costras superficiales y menor infiltración.

En cultivos extensivos como maíz, soja o trigo, la consecuencia se traduce en rindes que nunca alcanzan su potencial. En cultivos intensivos como hortalizas, frutales o forrajeras bajo riego, la sensibilidad es aún mayor, y las pérdidas se hacen visibles en la calidad comercial de los productos.

La buena noticia es que estos riesgos pueden prevenirse o al menos mitigarse con un enfoque de manejo integral. Algunas prácticas recomendadas incluyen:

  • Monitoreo periódico del agua y suelo: análisis de laboratorio que permitan anticipar problemas y ajustar las decisiones de manejo.
  • Uso de enmiendas como yeso agrícola: para contrarrestar el exceso de sodio y mejorar la estructura del suelo.
  • Selección de cultivos y variedades tolerantes: opción práctica cuando no es posible modificar la fuente de agua.

Un recurso estratégico para el futuro

El riego, cuando se planifica correctamente, permite estabilizar la producción frente a la variabilidad climática y ampliar las fronteras agrícolas. Sin embargo, la calidad del agua no puede quedar relegada. Productores que hoy invierten en análisis y manejos preventivos están protegiendo no solo el rinde de esta campaña, sino la capacidad productiva de sus suelos en los próximos 10 o 20 años.

La calidad del agua como bandera

Hablar de riego ya no es solamente hablar de cantidad, sino de calidad. Los valores que muestra la tabla de referencia son un recordatorio de que el agua puede ser tanto una aliada como un obstáculo. 

Para los productores, el mensaje es claro: medir, interpretar y manejar son verbos inseparables si se quiere alcanzar el máximo potencial de cada lote.

El futuro de la producción agropecuaria depende, en gran parte, de cómo cuidemos el agua hoy.

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