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Riego y soberanía productiva y económica

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Los fundamentos de esta nota, se desprenden del trabajo técnico del Ministerio de Economía de la Nación Argentina  “Estrategia Pública de Riego en Argentina”, que proyecta que la expansión y tecnificación del riego permitirían un incremento proyectado del empleo agroindustrial del 19,8 % (de 2,2 a 2,7 millones de trabajadores ), que implica más empleo local, más arraigo  y un incremento significativo del valor bruto de producción agroindustrial. Pero más allá de los números, el documento instala una idea de fondo en la que coincidimos: el riego no es solo una herramienta agronómica, sino una decisión estructural vinculada a la soberanía productiva del país.

Hablar de soberanía productiva implica mucho más que producir alimentos. Significa tener la capacidad de sostener volúmenes estables, previsibles y competitivos en un escenario global atravesado por tensiones geopolíticas, crisis energéticas y creciente variabilidad climática. En ese contexto, depender exclusivamente del régimen de lluvias convierte a la producción en una actividad altamente vulnerable. La alternancia entre sequías prolongadas y eventos extremos de precipitaciones no solo afecta los rindes; impacta en exportaciones, en generación de divisas y en estabilidad macroeconómica.

El riego aparece entonces como una herramienta que transforma incertidumbre en gestión. No elimina el riesgo, pero lo reduce estructuralmente. Cada hectárea bajo riego estabiliza producción, disminuye la volatilidad interanual y mejora la eficiencia del uso de insumos estratégicos como fertilizantes y energía. Desde una perspectiva económica, esto significa menor exposición sistémica del complejo agroindustrial, mayor previsibilidad en el ingreso de divisas y una reducción del impacto que los eventos climáticos extremos tienen sobre el PBI agropecuario.

Las proyecciones económicas asociadas a la expansión del riego son contundentes. El incremento en la superficie irrigada y la mejora en la eficiencia de aplicación generan un efecto multiplicador que trasciende el lote. Cada hectárea incorporada bajo riego no solo incrementa el rinde entre 40 y un 110 % (según resultados de INTA Manfredi, para los principales cultivos extensivos), sino que multiplica el impacto económico a lo largo de toda la cadena. Más producción implica más demanda de servicios técnicos, mayor movimiento en la industria de maquinaria, mayor utilización de energía, más transporte y, sobre todo, más transformación agroindustrial. El crecimiento proyectado del empleo no se concentra únicamente en el productor primario, sino que se expande en toda la cadena, con especial dinamismo en el sector agroindustrial.

Esa densificación económica es, en términos concretos, soberanía productiva: más valor agregado generado dentro del país y más empleo vinculado a la transformación local de materias primas.

La soberanía productiva también tiene una dimensión territorial. El riego contribuye a reducir brechas regionales y a fortalecer economías locales que hoy dependen excesivamente de la variabilidad climática. En zonas extrapampeanas ha sido históricamente la base del desarrollo regional; pero incluso en la región pampeana, donde domina el secano, la incorporación estratégica de riego permite estabilizar rendimientos de cultivos como trigo, maíz y soja, reducir el impacto económico de las sequías y sostener esquemas productivos más intensivos. Esa estabilidad no solo mejora la rentabilidad individual; consolida el entramado productivo regional y favorece el arraigo.

Desde el punto de vista económico, hay una clave central: cuando el agua deja de ser la principal limitante, la estructura productiva cambia. El productor puede planificar rotaciones más intensivas, incorporar cultivos de mayor valor, ajustar estrategias nutricionales y mejorar la eficiencia global del sistema. Cada milímetro aplicado con criterio técnico tiene retorno productivo. La eficiencia en el uso del agua reduce pérdidas, optimiza el uso de fertilizantes y disminuye el costo energético por tonelada producida. Esto no solo mejora márgenes; fortalece la competitividad internacional del país.

En mercados globales cada vez más exigentes, la previsibilidad de oferta es un atributo estratégico. La capacidad de cumplir compromisos comerciales, sostener volúmenes exportables y garantizar calidad homogénea depende en gran medida de la estabilidad productiva. El riego aporta precisamente esa estabilidad. En un escenario de creciente demanda mundial de cereales, proteínas y aceites vegetales, la Argentina puede consolidar su posición como proveedor confiable solo si reduce su vulnerabilidad climática estructural. La soberanía productiva, en este sentido, no es aislamiento ni cierre; es capacidad de decidir y de cumplir compromisos desde una base productiva sólida.

Pero expandir el riego no significa hacerlo de cualquier manera. La estrategia enfatiza la tecnificación y la eficiencia como condiciones centrales. Incorporar sistemas de mayor uniformidad, automatización, monitoreo de humedad y gestión digital no solo mejora la productividad, sino que legitima el uso del recurso hídrico. En un contexto donde el agua es un bien estratégico y socialmente sensible, la eficiencia se convierte en un componente esencial de la sostenibilidad. Producir más con menor impacto por unidad de producto es también parte de la soberanía productiva.

El desarrollo del riego requiere infraestructura, inversión y horizonte de largo plazo. No es una decisión coyuntural ligada a una campaña seca. Implica planificación, financiamiento y articulación público-privada. Los efectos en empleo y valor agregado son progresivos, pero estructurales. Cada proyecto que madura consolida una base productiva más resiliente y una economía regional más integrada.

En definitiva, el riego se ubica en el cruce entre agronomía y política económica. Reduce la exposición al clima, incrementa productividad, dinamiza cadenas de valor, genera empleo y fortalece la competitividad exportadora. En un país donde el complejo agroindustrial es uno de los principales generadores de divisas, estabilizar su producción es una cuestión estratégica.

La soberanía productiva no se declama; se construye con infraestructura, tecnología y gestión eficiente de recursos estratégicos. En esa construcción, el riego ocupa un lugar central. Cada hectárea que pasa de depender exclusivamente de la lluvia a gestionarse con criterio técnico no solo mejora su rendimiento: fortalece la capacidad del país de producir, transformar y decidir su propio rumbo económico en un escenario global cada vez más desafiante.

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