La eficiencia y sustentabilidad de las producciones bajo riego, no dependen solamente de los milímetros aplicados, sino de la gestión integral del sistema productivo. Conocer la importancia del efecto de la textura del suelo y el comportamiento de las raíces, ayuda a definir el diferencial que se logra con el riego suplementario.
En gran parte de la Argentina productiva, la falta de agua sigue siendo la principal limitante para estabilizar los rendimientos. Zonas subhúmedas y semiáridas, como Córdoba, San Luis o Tucumán, conviven con lluvias mal distribuidas y años de marcada variabilidad. En ese escenario, el riego suplementario aparece como una herramienta clave.

Pero para aprovecharlo al máximo no alcanza con aplicar agua: es necesario entender cómo funcionan los sistemas radicales de los cultivos y cómo interactúan con el agua almacenada en el subsuelo, según la textura del mismo.
El subsuelo como “tanque de reserva”
Cada suelo tiene una capacidad de almacenamiento de agua útil, que depende de su textura y estructura. De acuerdo con los expertos Aquiles Salinas e Ignacio Severina de INTA Manfredi, en la región pampeana, este valor suele estar entre 130 y 160 mm de agua útil -aprovechable por las plantas- por metro de profundidad de suelo; aunque en suelos arenosos puede reducirse a 80 mm. Este “tanque” es aprovechado en distinta medida por los cultivos, dependiendo de la profundidad y eficiencia de sus raíces.

Estrategias frente a la sequía
Cuando el contenido de agua en el subsuelo es alto, las raíces logran profundizar y extraer humedad incluso en capas de 160 a 200 cm. Pero si esa reserva inicial es baja, los cultivos sufren una “doble penalidad”: menos agua disponible y un sistema radical menos eficiente para acceder a ella.

Esto explica por qué, la planificación del riego no debería basarse en umbrales fijos de humedad para todas las especies y texturas de suelo. Cada cultivo tiene una estrategia distinta para explorar y aprovechar la humedad del perfil.
En síntesis, según el informe de los investigadores del INTA, el riego no puede separarse del tipo de suelo ni de la biología de las raíces. Conocer cómo cada cultivo explora y utiliza el agua del suelo permite diseñar manejos más eficientes, mejorar la estabilidad de los rendimientos y, sobre todo, hacer un uso más racional de un recurso que cada año es más valioso.

